No obstante, la Escalera al Cielo tenía una condición: cada quien debía dejar algo en el último peldaño para poder marchar. No había un objeto fijo; la ofrenda era una renuncia. Mariana dejó su orgullo, la mujer de manos callosas dejó su rencor, el joven dejó su miedo a pedir ayuda. Estas renuncias se transformaron en luz y, una a una, las puertas de la sala se abrieron hacia el exterior. Al salir, el pueblo parecía igual pero más atento a los hilos invisibles que conectaban a todos.