En una escena clave, nos colamos en la casa del novelista donde Lila había vivido. El cuarto olía a tinta fresca. Sobre la mesa había un manuscrito sin título. Las sombras proyectadas por la lámpara parecían animales antiguos. Yo, que había sido siempre timorata, di un salto sobre la punta de la pluma y, por un instante, me sentí escritora: las palabras nos rozaban las patas como una lluvia de confeti. Leímos fragmentos en voz baja y nos los guardamos para la noche, como quien esconde joyas.